17 septiembre 2013

Tolkien: Un mito inagotable que nos hace preguntar como niños

Hace cuarenta años moría John Ronald Tolkien, autor de obras como El señor de los anillos o El hobbit, que representaron un ejemplo literario cuyas dimensiones acreditan el valor de su autor como maestro en una sociedad que necesita maestros desesperadamente. Cuarenta años después, los que lo han leído y amado no pueden menos que recordarle. La herencia de Tolkien sigue más que viva: en sus obras inmortales, en las versiones cinematográficas, en sus seguidores más fanáticos y entre las nuevas generaciones de lectores que se topan con él, en sus nuevas publicaciones como la intrigante La caída de Arturo. Tolkien sigue siendo una piedra angular en la literatura de ficción, es imprescindible. Es un maestro que trazó un camino que, como decía Bilbo, siempre va hacia adelante. Es tarea nuestra buscarlo, recorrerlo, ahondar en él.


El interés por este autor sigue siendo muy grande, alimentado sin duda por las versiones cinematográficas del director neozelandés Peter Jackson. Tolkien no sólo sigue siendo un autor de éxito sino un auténtico clásico. En pleno siglo XX volvió a proponer el género épico, devolviéndole su dignidad literaria a este antiquísimo género de la narrativa de ficción, a pesar del cinismo dominante que, como proponía Brecht, despreciaba los valores, y particularmente el heroísmo.


El profesor de Oxford se convirtió así en maestro, en un punto de referencia existencial para generaciones de jóvenes lectores que se conmovían y emocionaban leyendo sus páginas épicas – tan alejadas del realismo tantas veces sombrío que imperaba en la literatura – que narraban historias de reinos perdidos que había que restaurar, de señores del mal que se enfrentaban a elfos, caballeros y unas pequeñas criaturas gentiles dispuestas a cualquier sacrificio por el triunfo del bien: los hobbit, personajes particular y absolutamente tolkianos.


Muchas veces se ha hablado de que detrás de este gran interés por Tolkien se escondía una ideología determinada. Sin embargo, no se puede reducir al profesor de Oxford a una “etiqueta”, pues lo que inspiró y dio significado a su vida y a su obra no se puede reconducir a ideología alguna, sino más bien a una visión de la vida, a una concepción del ser, del hombre, de la historia que va mucho más allá de cualquier ideología: es una filosofía. Tolkien posee además eso que podríamos definir como una visión teológica de la historia mediante la cual juzga, con la autoridad de un filósofo o de un profeta, las historias humanas.


Tolkien fue un crítico de la modernidad y por tanto del mundanismo, de la homologación masiva, a la que contraponía la cultura de la pertenencia y el arraigo. En una sociedad multiétnica y multicultural como la de la Tierra Media, los pequeños hobbit defienden su condado, su pequeño mundo pacíficamente rural y rico en tradiciones. Esta aversión de Tolkien por las monstruosidades y errores de la modernidad no es ideológica sino realista. No nace de una idea del mundo, es decir, de un proyecto más o menos utópico sobre el mismo, sino de la constatación de la naturaleza y de la condición humana, marcada indefectiblemente por la Caída (en términos cristianos, por el pecado original). En consecuencia, el Enemigo a batir es sin duda el adversario malvado (Sauron o Saruman) pero es sobre todo el mal que anida traicionero en cada uno de nosotros.


El retorno al Bien y a la Verdad auspiciado por el escritor de Oxford tiene lugar mediante el recurso y retorno al Mito, para devolver la salud y santidad al hombre moderno. «El mito está vivo en el todo y en las partes, y muere antes de que se le practique la disección», afirmó Tolkien hablando a sus alumnos de una de sus obras preferidas,Beowulf. El mito es necesario porque la realidad es mucho más grande que la racionalidad. El mito es visión, es nostalgia de la eternidad. El término “Mito” etimológicamente significa “palabra”, y curiosamente sería por tanto un sinónimo de logos, término al que normalmente se le contrapone. Sin embargo, si nos permitimos hacer un binomio con ambas expresiones, podemos encontrar sombras significativamente distintas: el Mito es la palabra del que pregunta, es la búsqueda, el grito del hombre que pide un significado para su existencia y para el cosmos; el Logos es la palabra que se ofrece como respuesta. El Mythos presupone un Logos, igual que toda pregunta exige una respuesta. El hombre es hombre si pregunta, si busca. El Mito lleva, de pregunta en pregunta, a la respuesta, al Logos, que es una palabra totalmente particular – es el verbo, es decir, el significado buscado, esperado, deseado.


Hace falta, por tanto, mirar a Tolkien no como a un exponente de un cierto género literario, el fantástico, sino como un auténtico clásico, como el Homero cristiano del siglo XX. Así, cuarenta años después, podremos decir que verdaderamente Tolkien está más vivo que nunca.


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